UNA AVENTURA EN OTRO MUNDO

 

 

LA ANTÁRTIDA A VELA

 

"Vuelvo al Sur, como se vuelve siempre al amor.

Vuelvo a vos. con mi deseo y con mi temor.

Llevo el Sur, Como un destino del corazón.

Te quiero Sur, Sur, te quiero".  

Fernando "Pino" Solanas

Cuando se es navegante, se puede entrever que las limitaciones a menudo están en la cabeza de la gente. Sí se tiene un buen barco -aunque sea pequeño y humilde- el mundo puede ser nuestro jardín. No hay límites.

Sin dejar de lado un sentimiento íntimo de descubrimiento, de aventura deportiva, de aporte soberano y de unión con la naturaleza imponente, fue surgiendo en mi mente la idea de alcanzar la Antártida a vela, el último continente "virgen".

Podría ser en el pequeño y probado Gandul II, pero encontré al compañero ideal con un barco mejor equipado, mi amigo Hugues Delignieres y su OVIRI, ambos franceses.

 

 LA IDEA

Seríamos dos nautas a cargo de todo, casi sin obligaciones a bordo, sino con la responsabilidad de quienes conocen sus nekcesidades y las del barco. Para ello conversamos acerca de las fechas, objetivos, necesidades náuticas, equipamiento, personal, etc.

PREPARACIÓN Y REALIDAD

A mediados de Enero de 1989, zarpaamos en Ushuaia, tras reforzar todo lo reforzable: cerramos con terciados todas las ventanas, abulonamos los pisos, cortamos un metro y medio el mástil, instalamos equipamiento y demás. Solo cabría esperar problemas porque el mar así lo dispusiera, no por nuestra negligencia o falta de trabajo.

El 13 de Enero cruzamos hasta Puerto Williams (una base naval que Chile tiene en la Isla Navarino, cerca de Ushuaia), y el 15 estamos listos para alcanzar el Cabo de Hornos. Luego... lo más difícil, el cruce del Pasaje Drake.

EL CRUCE DEL DRAKE

Vientos del Sur de unos 40/45 nudos nos aconsejan esperar en cercanías de Hornos, durante cuatro días.  El 21 de Enero, por fin, nos ponemos en marcha. Cruzamos nuevamente el Cabo de Hornos, el mito -en verdad solo un mito, un buen mito (era mi tercer cruce)- y nos dirigimos hacia el Sur.  Debemos atravesar algo más de cuatrocientas millas de una de las rutas marítimas más duras del planeta. No nos resulta fácil, pero el 26 de Enero, al amanecer, vemos a proa altas montañas nevadas.

Alcanzamos las Islas Melchior cerca del medio día. Un imponente iceberg nos dá la bienvenida, entonces todas las deudas quedan saldadas... estamos en la Antártida, una vez más, más allá de mis propios sueños...

Temor

El hombre puede ser un Dios, o un demonio...

Yo solo quiero que sienta, que piense, que ame.

Que no destruya la Antártida,

la virgen, la mía, la nuestra.

Tristeza

de conocer nuestra historia, de saber lo que se proponen,

alegría

de sentir que no estoy solo.

 

MUY CERCA DEL PARAÍSO

Hacia el atardecer del 27 llegamos a la base "Almirante Brown", en la Bahía Paraíso. Vemos los paisajes más alucinantes que hubiera imaginado jamás. Una belleza salvaje, majestuosa. Sabemos que apenas se trata de un primer contacto, un pequeño acercamiento a todo lo que encierra este continente.

Navegamos entre iceberg, islas con glaciares que caen al mar, lobos y focas que dormitan apaciblemente en pequeños témpanos... Nos sobrevuelan gaviotas, skúas, albatros... Los pingüinos nadan con sus graciosas cabriolas a nuestro alrededor. El sol brilla en el cielo azul, el mar está en calma, y una suave brisa llena las velas...

Al llegar a la base encontramos fondeado al buque argentino A.R.A. "Bahía Paraíso", contrastando con la naturaleza fantástica de la bahía homónima. Tan solo unas horas después el buque acabaría muy cerca, estrellándose contra las rocas.

Compartimos con un grupo de argentinos que están en la base, y visitamos la Colina de los Cormoranes, multifacéticas aves que nadan, caminan y, por supuesto, vuelan. Los glaciares de los alrededores desprenden témpanos continuamente. La visión más imponente se obtiene desde un monte a cuyo pie se halla la base incendiada en el '83. El paisaje de todo alrededor es indescriptible, verdaderamente hay que verlo. 

Dos días después partimos hacia Lockroy, un puertito muy reparado cercano a la base norteamericana de Palmer. Visitamos una base inglesa abandonada hace ya mucho tiempo, en la que encontramos gran cantidad de pingüinos Papúas -de pico rojo- focas, lobos y muy diversas especies de aves. Algunos víveres aún se mantienen comestibles, tras más de treinta años.

Vemos la imagen del hombre en su más preciado hogar, la naturaleza.

Tras recorrer tranquilamente la zona, decidimos zarpar en camino hacia la Isla Decepción.

EN EL ESTRECHO DE GERLACHE

Navegamos entre témpanos y una ininterrumpida costa blanca de hielo. El cielo está cubierto todo el día. Vemos a la distancia el clásico soplido de una ballena, mientras los pingüinos nadan a nuestro alrededor.

Un poco de viento nos induce a pensar en fondearnos en Cuverville, una isla con buen reparo. Al acercarnos al lugar, nos encontramos con dos enormes ballenas Yubarta, más grandes que el OVIRI. Nos mantenemos cerca, filmando y fotografiando, desde el barco y desde el bote. Al rato llegan dos ejemplares más: una fiesta. Dan vueltas en derredor, sacan la cola blanca de un lado y marrón oscuro del otro-, chapotean a centímetros del barco... sus soplidos nos salpican continuamente. La pequeña aleta dorsal asoma sobre su lomo imponente. Al pasar por debajo nuestro, a pocos metros de profundidad, vemos su cuerpo blanco por la fosforescencia del agua... Entonces sacan su enorme cabezota verticalmente hacia arriba, ante nuestra mirada atónita... Nos miran!; y a comenzar nuevamente.

Nos impulsa un viento sin memoria

mar, glaciar, roca

presencia fugaz, la nuestra

los pingüinos, curiosos, investigan

las ballenas danzan a la vida, y nos incluyen

los pájaros alzan vuelo.

En el largo día,

con las velas al viento,

el barco va...

EN CUVERVILLE

Cuverville es una pequeña isla que se encuentra en el Estrecho de Gerlache. Está habitada por pingüinos Papúas y Antárticos, por lobos de uno y dos pelos, por focas, y una gran variedad de aves: skúas (que pasan su vida en parejas permanentes) gaviotas y petreles de distintos tipos, palomas antárticas, etc.

El fondeo es bueno. Esta al resguardo de enormes témpanos -de centenares de toneladas- que andan a la deriva. Por el lado Sur esta plagado de ellos, varados en la cercanía de la costa.

TURISTAS

Sus seguridades los refugian

presupuesto, confort, hoteles, aviones y navíos.

El sistema.

A la gente no se acercan

la tierra no la pisan

el mar no lo sienten

el lugar no lo viven.

Más tarde hablarán del viaje.

¡Como si hubieran ido!

 

DECEPCIÓN: VIVIENDO SOBRE UN VOLCÁN

En la madrugada del 16 de Febrero vamos llegando a la Isla Decepción. En el camino nos encontramos con varias ballenas Minke y con un delfín de Cuvier.

Fondeamos en la base argentina, donde conocimos a un grupo de compatriotas geólogos, junto con un bullanguero equipo de investigadores españoles. Visitamos los pingüinos que se encuentran en el lado sudoeste de la isla. Los españoles calculan en 500.000 los nacimientos del año.

Debemos postergar la zarpada durante seis días, dado que la carta meteorológica es "de terror", encontrando en el Drake vientos huracanados con olas enormes. En el Cabo de Hornos, que no es el peor lugar, la estación meteorológica chilena acusa vientos de 90 nudos -unos 170 km/h-, con olas de 15 metros (un edificio de 5 pisos!!!).

Aprovechamos la obligada demora para visitar las distintas caletas de la isla, que tiene forma de Herradura. Llega otro velero amigo (también francés), y con ellos visitamos, y nos bañamos, en las aguas termales de la Bahía Péndulo. Allí se hallan los restos de una base chilena devastada en el '67, cuando hizo erupción uno -de la veintena- de los volcanes en actividad sobre los que se asienta la isla. Las aguas están como a 90° en los surgideros, y alrededor todo es vapor.

Finalmente conocemos la Caleta Balleneros, donde quedan enormes tanques y variados objetos de una base inglesa hace tiempo abandonada, y de lo que fuera en su momento una planta procesadora de aceite de ballena.

Una perspectiva meteorológica más favorable -al menos para el inicio del cruce- nos induce a despedirnos de nuestros recién conocidos, de la isla y, con ello, de nuestra experiencia en la Antártida.  

ADIÓS AL SANTUARIO NATURAL

Se acaba nuestro viaje. Ya recorrimos lo que planeamos, superamos los plazos máximos de tiempo, nuestras reservas de víveres y combustible también se agotaron... Es el tiempo de volver.

No sin un profundo pesar comprendemos que debemos partir. Hugues habría de retornar el próximo año, mientras nosotros navegamos en familia rumbo a Brasil.

DíAS DIFíCILES EN EL DRAKE

El 16 de Febrero zarpamos de Decepción. Un viento frío y contrario nos da en el rostro. Nevisca. En silencio vamos andando.

Una fuerte infección renal se ensañó con Hugues. Me tranquiliza diciendo que en uno o dos días estará mejor. No fue así; estuvo cuatro días postrado con fuertes dolores que resistió estoicamente. Entre tanto yo procuré no pensar en qué haría si el cuadro se agravaba; en el medio del Drake, sin comunicación, sin auxilio, sin nadie a quién recurrir... durante una navegación que fue bien, pero llegaron borrascas del Oeste y Noroeste (con vientos de 40 nudos) que trajeron mala mar, y luego soportamos el paso de un frente del Norte/Noroeste que nos hizo temer que no llegaríamos nunca...

Sin embargo, el 21 de Febrero por la mañana, aparece a proa la inconfundible silueta de la Isla de Hornos.

Cruzamos el Cabo nuevamente, remontando entre la Isla Hermite y el falso Cabo de Hornos. Hugues se va recuperando rápidamente al calmar el oleaje, ya se siente bien cuando fondeamos en Puerto Toro.

Después de un ganado descanso, partimos hacia Pto. Williams, a donde llegamos en la madrugada del 23.

DE VUELTA

Debimos readaptarnos al llegar a Usuhuaía. Las voces, bocinas, la gente que habla en las oficinas, pero que parece "Babel", sin comunicación. Todo es tan distinto...

Dos días después partimos de regreso. El OVIRI queda en Ushuaia; Hugues parte hacia Francia, Christine y los barcos de regata; y yo de vuelta a casa junto a Ofelia, los chicos, los amigos, tantos afectos... y nuestro GANDUL II.

Pero quién podría olvidar el calor de la amistad, la incertidumbre del Drake, la Antártida... Alguna vez espero tener la dicha de volver... y permanecer un año entero, para aprender, para vivir, para sentir que me impregno del espíritu antártico.

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